jueves, septiembre 28, 2006

A MEDIAS ENTRE LA ÉPICA Y EL SERMÓN DOMINICAL

Para la crítica cinematográfica, siempre ha sido una tentación el buscar puntos de similitud y diferencia entre una película y la novela que la inspiró. Se trata de una tarea sin ningún sentido, pues son dos tipos de manifestaciones artísticas con sus propias reglas y estilos. Por suerte, mi único acercamiento a la obra de C. S. Lewis fue una versión animada de las crónicas de Narnia que vi en la niñez y que no ha logrado retener mi memoria fílmica.

Por otra parte, “El León, la Bruja y el Ropero” de Andrew Adamson, inevitablemente va a ser comparada con la -sobre valorada- trilogía del Señor de los Anillos de Peter Jackson. La conclusión obvia será que la primera es más infantil que la obra basada en las novelas de J.R.R. Tolkien, siendo injustamente subvalorada.

Seamos honestos, a primera vista, la historia de cuatro niños que entran en un ropero, descubren un mundo maravilloso tiranizado por una bruja blanca y que con la ayuda de un león logran liberar, no suena muy alentador que digamos. Pero el gran problema de la película no va por ahí.

Tampoco debemos referirnos a las anteriores obras de Andrew Adamson, aunque se trate del director de Shrek, esas dos películas de animación de tercera dimensión que ironizan en torno a los cuentos de hadas y que, por ello, han sido alabadas por los mismos críticos que consideran que Titanic es una pieza de arte. Porque sinceramente, la historia del ogro verde no es más que una versión más soslayada de los mismos cuentos de hadas que trata de enjuiciar.

Cuenta la historia que C. S. Lewis se convirtió al catolicismo gracias a la influencia de Tolkien -el cristianismo de J.R.R. emana a borbotones por todos los senderos de la Tierra Media-, y él fue quien lo indujo a escribir sus Crónicas de Narnia. Esta imaginería está plasmada en la adaptación fílmica de su obra, especialmente en el León Aslan que resucita por el final de la película o en Edmund que traiciona a sus hermanos por un puñado de… golosinas.

Lamentablemente, para el director de la película estos símbolos son como una piedra en el zapato: molestan, pero no se les puede quitar ante el público. Por lo mismo, no se la juega de una manera adecuada en torno a este tema, no hay un claro desarrollo de este aspecto, ni tampoco se le deja de lado.

Lo mismo sucede con el aspecto épico de toda la historia, que jamás logra arrancar y enganchar como debe y, por ello, el público no se hace absolutamente partícipe de la magna aventura de los hermanos Pevensie. Si tan sólo se hubiese repasado un poco más la trilogía original de la Guerra de las Galaxias -donde sí se sabe manejar la maraña de historias paralelas de la lucha entre el bien y el mal-, más que hacer un burdo homenaje en el capítulo final de la historia, otro gallo cantaría.

La tradición del metal épico en el rock, nos enseña cómo uno puede manejar muchos de los elementos mencionados anteriormente, creando piezas musicales donde la eterna lucha del bien y el mal se desarrolla no sólo en nuestra dimensión real-física, sino que también en el plano de las ideas, de la razón y de los signos-símbolos-alegorías (cada uno puede hacer su propia lista de ejemplos).

Al parecer, Peter Jackson sí escuchó algo de esta música en su juventud, pero Andrew Adamson -que proviene de la misma región- no lo hizo. Le hubiese servido de mucho al llevar adelante una empresa de tal magnitud como fue filmar la primera parte de las Crónicas de Narnia.

No hay comentarios.: