martes, septiembre 27, 2005

CAMINO A MULHOLLAND DRIVE (PASANDO POR UNA CARRETERA PERDIDA)

Es difícil mantener la coherencia en el mundo de los sueños. A veces nuestras manos son de un color, en ocasiones son de otro, ciertos momentos ni siquiera son nuestras manos.

En los territorios de Morfeo, una mujer puede verse en el cuerpo de aquella que siempre ha amado. O podemos tomar un teléfono y llamarnos a nosotros mismos, en una casa al otro extremo del paraíso.

En las tierras del arenero, no se necesitan explicaciones. No es el mundo de la lógica. El reloj gira, se detiene, mira como avanza el tiempo y continúa con su rutina.

La pregunta es si el celuloide puede plasmar en toda su belleza la ausencia de la realidad, la pérdida de la racionalidad.

No es un mero ejercicio, va más allá de la experimentación, es intentar ser el creador y armar el mundo a nuestro antojo: lo bello es horrible, lo tierno da miedo, los enanos dominan a los gigantes, hay un vagabundo escondido detrás de depósito de basura ocultando el más horrible de los secretos.

“En 1924 en París, el escritor francés André Breton publicó el Primer Manifiesto del Surrealismo y define el nuevo movimiento como automatismo psíquico puro a través del cual proponemos expresar, ya sea verbalmente o por escrito, o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento"
[1].

Un día nos levantamos con el pie izquierdo, al lado derecho de la cama, nos subimos a un automóvil y después de un intento de asesinato -¿vimos a nuestra amada que se iba a casar con hombre?- perdemos la memoria.

David Lynch toma la materia de los sueños, la arena acumulada en nuestros ojos y la fotografía con el lente de su cámara. El resultado no puede ser otro que Mulholland Drive. El resultado no puede ser menos que excelente. El resultado es la ausencia de todo tipo de resultados. El resultado es que no hay ningún resultado, que necesariamente no existen los resultados. El resultado es la razón de la sinrazón que a la razón de Lynch obedece.

Añada a la mezcla un poco de música, cortesía de un tal Badalamenti. Dos mujeres hermosas, en el cenit de su capacidad histriónica. Insértalo todo en Hollywood y quizás llegues a la mitad de maestría de lo que ha hecho David Lynch en Mulholland. Sólo te faltará una pizca de genialidad.

Pero, ¿de qué se trata Mulholland Drive? La verdad, a nadie le importa.

Es difícil mantener la coherencia en el mundo de los sueños, se suele perder el hilo conductor. Las palabras adquieren un tono mágico y las imágenes asumen colores grises aunque estén inyectadas de color.

En el mundo de los sueños hay que dejarse llevar por una mano amiga, aunque no sepamos de quién es, quizás es nuestra mano con otra tonalidad, quizás ni siquiera es nuestra mano. Qué importa, total este es el mundo de los sueños.

Buenas noches, Sr. Lynch. Que tenga horribles sueños.

[1] Tomado de www.cinencanto.com

sábado, septiembre 10, 2005

ALTAS EXPECTATIVAS PARA UNA CIUDAD QUE VIVE EN EL PECADO

“The man who wants nothing is invincible…”
Once Upon a Time in Mexico




Cada vez que nos enfrentamos a una película, se instalan en nosotros ciertos prejuicios, expectativas, ansias. La famosa pantalla blanca se ve en la obligación de cumplir con nuestros deseos. Esto tiene una relación directa con lo que entendemos por cinematografía, ya sea balazos y explosiones, o filosofía y experimentación.

Es difícil no hacer esto, tendríamos que aislarnos del mundo para no recibir ni el más mínimo indicio o información de una película, para poder enfrentarnos a ella con la mente en blanco. Aunque suele suceder, siempre esperamos no ser defraudados. Recuerden como se potencia esta expectativa cuando el filme es de un director que nos gusta, de algún actor famosillo o simplemente hemos recibidos buenas críticas de ella.

Sin City venía avalada por la mano diestra de Robert Rodriguez y por el culto al cómic de Frank Miller, por lo mismo estuve meses esperando su llegada a Chile. Leí comentarios, me adentré en la historieta, miré con nuevos ojos algunas de las otras obras Millerianas.

La primera obra de Rodriguez, El Mariachi, sorprendió por la habilidad del cineasta ante la escasez de recursos. Ése era su gran mérito, nada más. Posteriormente, siguió cultivando su técnica con la cámara y la improvisación estilística, lo que lo hizo digno merecedor del calificativo de director de culto.

He de reconocer que con una de sus obras más vilipendiadas yo caí rendido: Érase Una Vez en México, que demostró las potencialidades del video digital. Con mucha imaginación, algo de talento, ganas y una cámara de video digital se podía elaborar un producto entretenido.

Los personajes de Rubén Blades y Johnny Depp calaron hondo en mis entrañas y se volvieron ídolos entrañables de mi extraña colección de historias preferidas.

Por su parte, Frank Miller tiene un lugar bien colocado en noveno arte esencialmente por su colaboración en el giro maduro que daría la historieta norteamericana a finales de los ochentas. Dark Kight Returns y Batman Año Uno serían parte de sus obras esenciales. Sin City pertenece a su trabajo posterior, más personal y creativo.

No obstante reconocer sus méritos, yo soy de aquellos lectores que caímos rendidos ante el otro maestro del cómic ochentero: Alan Moore. Junto con él, soy ávido lector de Grant Morrison y Neil Gaiman. En mi manera de escribir hay mucho de sus estilos o al menos trato de ser un buen ladrón.

El primer fotograma que vi de Sin City, la película, abrió en mí un apetito por toda la obra. Incluso, llegué a rechazar algunas copias piratas por atentar contra la calidad de la película.

Hasta que pude verla completa… y un extraño saborcillo a insatisfacción quedó en mi paladar de degustador fílmico. No se trata de la estética, simplemente preciosista. Ni siquiera del ritmo o la fotografía. El problema es otro.

Hay ciertas normas del cómic que funcionan muy bien en la bidimensionalidad de una hoja en blanco, pero seamos realistas el cine es mucho más complejo, no porque sea un arte mayor, sino porque es distinto.

Las historias y personajes de la película son planos, sin segundas lecturas, matices, profundidad, ni volumen. Malo ataca a niña, héroe trata de matar al malo. En eso se resumen las tres historias.

Siempre me han molestado aquellos que sólo se fijan en la estructura del guión de las películas, olvidándose de todos los otros componentes de un filme: sonido, música, ritmo, encuadre, fotografía, edición, diálogos, actuación, color, texturas, estructura, cámara, escenografía, entre muchos otros aspectos. No por nada, el cine es el arte en el que confluyen todas las otras artes; por eso se llama séptimo arte, no porque haya sido la séptima manifestación artística creada por el hombre, sino porque en el confluyen las otras seis.

Por lo mismo, debemos ser honestos y reconocer que esta película se preocupó mucho del aspecto visual, olvidándose del resto. Ése es el gran pecado.

Sin City como ejercicio cinematográfico es muy bueno, pero le falto para ser perfecto. Sirve como ejercicio, no como obra completa. Es lo que siempre le ha faltado a Rodriguez, a veces lo ha conseguido por casualidad como en Érase una Vez en México, pero no es una constante de su obra. Es lo que hace la diferencia entre un cine de autor y el resto.

Lo mismo me pasa con Frank Miller, sus historias -a pesar de ser muy buenas- no tienen la complejidad de un Watchmen, de un capítulo de Sandman o de la bellísima Arkham Asylum.

Al releer mis líneas escritas más arriba, pienso que lo mejor era no haber esperado nada de Sin City, haberla vista sin saber nada de ella, ni de sus autores… Quizás de esa manera habría llenado mis expectativas.