Es difícil mantener la coherencia en el mundo de los sueños. A veces nuestras manos son de un color, en ocasiones son de otro, ciertos momentos ni siquiera son nuestras manos.
En los territorios de Morfeo, una mujer puede verse en el cuerpo de aquella que siempre ha amado. O podemos tomar un teléfono y llamarnos a nosotros mismos, en una casa al otro extremo del paraíso.
En las tierras del arenero, no se necesitan explicaciones. No es el mundo de la lógica. El reloj gira, se detiene, mira como avanza el tiempo y continúa con su rutina.
La pregunta es si el celuloide puede plasmar en toda su belleza la ausencia de la realidad, la pérdida de la racionalidad.
No es un mero ejercicio, va más allá de la experimentación, es intentar ser el creador y armar el mundo a nuestro antojo: lo bello es horrible, lo tierno da miedo, los enanos dominan a los gigantes, hay un vagabundo escondido detrás de depósito de basura ocultando el más horrible de los secretos.
“En 1924 en París, el escritor francés André Breton publicó el Primer Manifiesto del Surrealismo y define el nuevo movimiento como automatismo psíquico puro a través del cual proponemos expresar, ya sea verbalmente o por escrito, o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento"[1].
Un día nos levantamos con el pie izquierdo, al lado derecho de la cama, nos subimos a un automóvil y después de un intento de asesinato -¿vimos a nuestra amada que se iba a casar con hombre?- perdemos la memoria.
David Lynch toma la materia de los sueños, la arena acumulada en nuestros ojos y la fotografía con el lente de su cámara. El resultado no puede ser otro que Mulholland Drive. El resultado no puede ser menos que excelente. El resultado es la ausencia de todo tipo de resultados. El resultado es que no hay ningún resultado, que necesariamente no existen los resultados. El resultado es la razón de la sinrazón que a la razón de Lynch obedece.
Añada a la mezcla un poco de música, cortesía de un tal Badalamenti. Dos mujeres hermosas, en el cenit de su capacidad histriónica. Insértalo todo en Hollywood y quizás llegues a la mitad de maestría de lo que ha hecho David Lynch en Mulholland. Sólo te faltará una pizca de genialidad.
Pero, ¿de qué se trata Mulholland Drive? La verdad, a nadie le importa.
Es difícil mantener la coherencia en el mundo de los sueños, se suele perder el hilo conductor. Las palabras adquieren un tono mágico y las imágenes asumen colores grises aunque estén inyectadas de color.
En el mundo de los sueños hay que dejarse llevar por una mano amiga, aunque no sepamos de quién es, quizás es nuestra mano con otra tonalidad, quizás ni siquiera es nuestra mano. Qué importa, total este es el mundo de los sueños.
Buenas noches, Sr. Lynch. Que tenga horribles sueños.
[1] Tomado de www.cinencanto.com
En los territorios de Morfeo, una mujer puede verse en el cuerpo de aquella que siempre ha amado. O podemos tomar un teléfono y llamarnos a nosotros mismos, en una casa al otro extremo del paraíso.
En las tierras del arenero, no se necesitan explicaciones. No es el mundo de la lógica. El reloj gira, se detiene, mira como avanza el tiempo y continúa con su rutina.
La pregunta es si el celuloide puede plasmar en toda su belleza la ausencia de la realidad, la pérdida de la racionalidad.
No es un mero ejercicio, va más allá de la experimentación, es intentar ser el creador y armar el mundo a nuestro antojo: lo bello es horrible, lo tierno da miedo, los enanos dominan a los gigantes, hay un vagabundo escondido detrás de depósito de basura ocultando el más horrible de los secretos.
“En 1924 en París, el escritor francés André Breton publicó el Primer Manifiesto del Surrealismo y define el nuevo movimiento como automatismo psíquico puro a través del cual proponemos expresar, ya sea verbalmente o por escrito, o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento"[1].
Un día nos levantamos con el pie izquierdo, al lado derecho de la cama, nos subimos a un automóvil y después de un intento de asesinato -¿vimos a nuestra amada que se iba a casar con hombre?- perdemos la memoria.
David Lynch toma la materia de los sueños, la arena acumulada en nuestros ojos y la fotografía con el lente de su cámara. El resultado no puede ser otro que Mulholland Drive. El resultado no puede ser menos que excelente. El resultado es la ausencia de todo tipo de resultados. El resultado es que no hay ningún resultado, que necesariamente no existen los resultados. El resultado es la razón de la sinrazón que a la razón de Lynch obedece.
Añada a la mezcla un poco de música, cortesía de un tal Badalamenti. Dos mujeres hermosas, en el cenit de su capacidad histriónica. Insértalo todo en Hollywood y quizás llegues a la mitad de maestría de lo que ha hecho David Lynch en Mulholland. Sólo te faltará una pizca de genialidad.
Pero, ¿de qué se trata Mulholland Drive? La verdad, a nadie le importa.
Es difícil mantener la coherencia en el mundo de los sueños, se suele perder el hilo conductor. Las palabras adquieren un tono mágico y las imágenes asumen colores grises aunque estén inyectadas de color.
En el mundo de los sueños hay que dejarse llevar por una mano amiga, aunque no sepamos de quién es, quizás es nuestra mano con otra tonalidad, quizás ni siquiera es nuestra mano. Qué importa, total este es el mundo de los sueños.
Buenas noches, Sr. Lynch. Que tenga horribles sueños.
[1] Tomado de www.cinencanto.com