jueves, septiembre 28, 2006

COMPOSICIÓN CRÍTICA PARA UNA OBRA INCONCLUSA

El lenguaje cinematográfico es básicamente un idioma muy difícil de manejar, pues está compuesto de una serie de nomenclaturas que, por sí solas, ya conforman una manera de expresarse compleja, con sus propias reglas y señales.
Construir un películas sólo teniendo como pauta el guión, es no entender el cine. Peor todavía si ese libreto peca de ostentoso y uno no puede escarbar más allá de lo que se dice –y no se muestra-. Especial mención amerita el recurso fácil de poner voz en off para llenar espacios de silencio, más aún si son redundantes.
Tomar un par de notas, armar una melodía y utilizarla como motivo de nuestra banda sonora para evocar locura y desesperación, es una falta de noción respecto de lo que significa una banda sonora: diálogos, sonidos y música. Hay ocasiones en que un tema musical está de sobra en una escena y si es una composición melódica, entonces implica una total ignorancia de las reglas fílmicas.
Dejar que tus actores desarrollen sus personajes de tal manera que rellenen los vacíos del guión, es una falta de respeto para el arte histriónico. Otro tema, el teatro y el cine son muy distintos, las actuación teatral implica una pomposidad y dramatismo que no pertenecen al celuloide –salvo contadas y justificadísimas excepciones, que no es el caso-.
Hasta el vestuario importa, si no vayan y miren “La Casa de las Dagas Voladoras”, “Priscila, Reina del Desierto” o cualquier película de Cronenberg. Uno puede elaborar discursos complejísimos a partir de un abrigo rojo o eliminando la “ropa alternativa” de nuestro músico-genio-esquizoide.
¿Todo esto a propósito de qué? En relación a Fuga de Pablo Larraín, la nueva amalgama de referencias cinematográficas que viene a comprobar que en Chile todavía falta para establecer una manera propia de expresión fílmica. Un esfuerzo de cuatro años que comprueba que las ganas no son suficientes para hacer buen cine, que hay que tener algo más –talento quizás-.
No obstante, hay segundos notables en esta película. Esencialmente cuando se adopta esa mirada documental clásica del cine latinoamericano, donde lo habitual se ve alterado por lo extraño o, dicho de otra forma, nuestras tradiciones adoptan una perspectiva de ajenas, casi alienígenas, no encajan en el mundo normal. Colocar a un grupo de locos cantando frente a la cámara es notable y se logró con los mínimos recursos. Después colocamos a esos mismos desadaptados en un coro y la melodía logra esa sensibilidad que se buscó durante los cuatros años de producción. O una cámara deambulando por los pasillos del manicomio es lenguaje cinematográfico puro. Me recordó a Daniel Muñoz observando a la Ciudad de Santiago desde un colectivo en “Taxi para Tres”, esa es poesía.
Hay que perseverar, el principal problema en Chile es creer que la primera será nuestra última película y, por lo mismo, tiene que ser nuestra obra maestra porque ya no tendremos más oportunidades. Mentira. Cada película es un ejercicio, una práctica, un intento, como cuando tomamos la guitarra e intentamos sacar un motivo melódico de Gary Moore, B.B. King o Carlos Santana; lo encaramos sabiendo que se tiene que seguir practicando porque más tarde que temprano resultará algo cercano a la decencia. Si no todos somos como Eliseo Montalbán que, a la primera, compone la mejor pieza musical de toda la historia chilena –¿tal vez tendríamos que perder la cordura para alcanzar la genialidad?-.

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