jueves, septiembre 28, 2006

MEL, HOMERO, JOHN, RICHARD Y DAMIEN

Una vez, Mel Gibson recibió la mejor lección de cine del gran filósofo moderno, Homero Simpson: basta con colocar a un personaje con cara de malvado para rellenar todos los vacíos estructurales de un guión, para que el público lo entienda todo. En fin, para justificar casi dos horas de tedio.

Al parecer, John Moore, director de La Profecía versión 2006, captó muy bien esta enseñanza, ya que trata durante toda la película de justificar este remake innecesario con el ceño fruncido del joven Damien (Seamus Davey-Fitzpatrick).

Clásico inolvidable de las veladas nocturnas de Televisión Nacional, La Profecía original de 1976, es de esos filmes que a pesar de no ser obras maestras cumplen con su objetivo básico: entretener y, en este caso, provocar miedo.

Sucede que el director de esta primera versión es Richard Donner (Arma Mortal, Superman, La Maldición del Halcón, Maverick, Los Goonies), un tipo que a pesar de no ser un maestro sabe que lo suyo es entretener y lo hace bien. Junto con ello, logra que sus películas sean rememorables, pues a pesar del paso del tiempo uno cae en la tentación de ver nuevamente cualquiera de los filmes de su factura.

En el caso de La Profecía, Donner además invitaba al espectador a preguntarse sobre el tema del fin del mundo, del Apocalipsis y de la existencia del demonio. Uno no podía irse a acostar tranquilo, pues se quedaba pensando en la posibilidad de que estuviésemos en las postrimerías de la existencia de la humanidad.

En cambio, John Moore nos deja una gran deuda con esta nueva versión de la historia del advenimiento del Anticristo. Uno entra al cine esperando repetir la experiencia de la niñez, pero queda un tanto decepcionado, incluso el clásico recurso del susto ligero al ver una aparición repentina provocó más risa que miedo entre la gente que estaba conmigo en la sala del cine. Más allá de eso, no hay ningún momento en que un escalofrío nos recorra por la espalda, todo el rato es esperar que luego aparezcan los créditos finales.

Incluso, esperaba ver la relectura de los actuales acontecimientos de la humanidad reinterpretados como señales del armagedon, pero todo es contado tan burdamente que no merecen más análisis.

Es más, la versión original sugiere muertes horribles, más que mostrarlas. Por tanto, era esperable que el gore abundase en el 2006, pero salvo una breve excepción, la sangre brilla por su ausencia.

La verdad, esperaba mucho más. Ni siquiera la cara de malvado del pequeño Damien, acompañado por su fiel y demoníaco rotweiller, logró justificar el gasto en boleterías. Lo siento Homero, pero en esta ocasión tu máxima no rindió los frutos esperados.

A MEDIAS ENTRE LA ÉPICA Y EL SERMÓN DOMINICAL

Para la crítica cinematográfica, siempre ha sido una tentación el buscar puntos de similitud y diferencia entre una película y la novela que la inspiró. Se trata de una tarea sin ningún sentido, pues son dos tipos de manifestaciones artísticas con sus propias reglas y estilos. Por suerte, mi único acercamiento a la obra de C. S. Lewis fue una versión animada de las crónicas de Narnia que vi en la niñez y que no ha logrado retener mi memoria fílmica.

Por otra parte, “El León, la Bruja y el Ropero” de Andrew Adamson, inevitablemente va a ser comparada con la -sobre valorada- trilogía del Señor de los Anillos de Peter Jackson. La conclusión obvia será que la primera es más infantil que la obra basada en las novelas de J.R.R. Tolkien, siendo injustamente subvalorada.

Seamos honestos, a primera vista, la historia de cuatro niños que entran en un ropero, descubren un mundo maravilloso tiranizado por una bruja blanca y que con la ayuda de un león logran liberar, no suena muy alentador que digamos. Pero el gran problema de la película no va por ahí.

Tampoco debemos referirnos a las anteriores obras de Andrew Adamson, aunque se trate del director de Shrek, esas dos películas de animación de tercera dimensión que ironizan en torno a los cuentos de hadas y que, por ello, han sido alabadas por los mismos críticos que consideran que Titanic es una pieza de arte. Porque sinceramente, la historia del ogro verde no es más que una versión más soslayada de los mismos cuentos de hadas que trata de enjuiciar.

Cuenta la historia que C. S. Lewis se convirtió al catolicismo gracias a la influencia de Tolkien -el cristianismo de J.R.R. emana a borbotones por todos los senderos de la Tierra Media-, y él fue quien lo indujo a escribir sus Crónicas de Narnia. Esta imaginería está plasmada en la adaptación fílmica de su obra, especialmente en el León Aslan que resucita por el final de la película o en Edmund que traiciona a sus hermanos por un puñado de… golosinas.

Lamentablemente, para el director de la película estos símbolos son como una piedra en el zapato: molestan, pero no se les puede quitar ante el público. Por lo mismo, no se la juega de una manera adecuada en torno a este tema, no hay un claro desarrollo de este aspecto, ni tampoco se le deja de lado.

Lo mismo sucede con el aspecto épico de toda la historia, que jamás logra arrancar y enganchar como debe y, por ello, el público no se hace absolutamente partícipe de la magna aventura de los hermanos Pevensie. Si tan sólo se hubiese repasado un poco más la trilogía original de la Guerra de las Galaxias -donde sí se sabe manejar la maraña de historias paralelas de la lucha entre el bien y el mal-, más que hacer un burdo homenaje en el capítulo final de la historia, otro gallo cantaría.

La tradición del metal épico en el rock, nos enseña cómo uno puede manejar muchos de los elementos mencionados anteriormente, creando piezas musicales donde la eterna lucha del bien y el mal se desarrolla no sólo en nuestra dimensión real-física, sino que también en el plano de las ideas, de la razón y de los signos-símbolos-alegorías (cada uno puede hacer su propia lista de ejemplos).

Al parecer, Peter Jackson sí escuchó algo de esta música en su juventud, pero Andrew Adamson -que proviene de la misma región- no lo hizo. Le hubiese servido de mucho al llevar adelante una empresa de tal magnitud como fue filmar la primera parte de las Crónicas de Narnia.

COMPOSICIÓN CRÍTICA PARA UNA OBRA INCONCLUSA

El lenguaje cinematográfico es básicamente un idioma muy difícil de manejar, pues está compuesto de una serie de nomenclaturas que, por sí solas, ya conforman una manera de expresarse compleja, con sus propias reglas y señales.
Construir un películas sólo teniendo como pauta el guión, es no entender el cine. Peor todavía si ese libreto peca de ostentoso y uno no puede escarbar más allá de lo que se dice –y no se muestra-. Especial mención amerita el recurso fácil de poner voz en off para llenar espacios de silencio, más aún si son redundantes.
Tomar un par de notas, armar una melodía y utilizarla como motivo de nuestra banda sonora para evocar locura y desesperación, es una falta de noción respecto de lo que significa una banda sonora: diálogos, sonidos y música. Hay ocasiones en que un tema musical está de sobra en una escena y si es una composición melódica, entonces implica una total ignorancia de las reglas fílmicas.
Dejar que tus actores desarrollen sus personajes de tal manera que rellenen los vacíos del guión, es una falta de respeto para el arte histriónico. Otro tema, el teatro y el cine son muy distintos, las actuación teatral implica una pomposidad y dramatismo que no pertenecen al celuloide –salvo contadas y justificadísimas excepciones, que no es el caso-.
Hasta el vestuario importa, si no vayan y miren “La Casa de las Dagas Voladoras”, “Priscila, Reina del Desierto” o cualquier película de Cronenberg. Uno puede elaborar discursos complejísimos a partir de un abrigo rojo o eliminando la “ropa alternativa” de nuestro músico-genio-esquizoide.
¿Todo esto a propósito de qué? En relación a Fuga de Pablo Larraín, la nueva amalgama de referencias cinematográficas que viene a comprobar que en Chile todavía falta para establecer una manera propia de expresión fílmica. Un esfuerzo de cuatro años que comprueba que las ganas no son suficientes para hacer buen cine, que hay que tener algo más –talento quizás-.
No obstante, hay segundos notables en esta película. Esencialmente cuando se adopta esa mirada documental clásica del cine latinoamericano, donde lo habitual se ve alterado por lo extraño o, dicho de otra forma, nuestras tradiciones adoptan una perspectiva de ajenas, casi alienígenas, no encajan en el mundo normal. Colocar a un grupo de locos cantando frente a la cámara es notable y se logró con los mínimos recursos. Después colocamos a esos mismos desadaptados en un coro y la melodía logra esa sensibilidad que se buscó durante los cuatros años de producción. O una cámara deambulando por los pasillos del manicomio es lenguaje cinematográfico puro. Me recordó a Daniel Muñoz observando a la Ciudad de Santiago desde un colectivo en “Taxi para Tres”, esa es poesía.
Hay que perseverar, el principal problema en Chile es creer que la primera será nuestra última película y, por lo mismo, tiene que ser nuestra obra maestra porque ya no tendremos más oportunidades. Mentira. Cada película es un ejercicio, una práctica, un intento, como cuando tomamos la guitarra e intentamos sacar un motivo melódico de Gary Moore, B.B. King o Carlos Santana; lo encaramos sabiendo que se tiene que seguir practicando porque más tarde que temprano resultará algo cercano a la decencia. Si no todos somos como Eliseo Montalbán que, a la primera, compone la mejor pieza musical de toda la historia chilena –¿tal vez tendríamos que perder la cordura para alcanzar la genialidad?-.

CUANDO MÁS ES MENOS

Play, Paréntesis, En la Cama, El Huésped, El Roto: Perjudícame Cariño, Días de Campo, Mi Mejor Enemigo, Se Arrienda, La Última Luna, Salvador Allende, Juegos de Verano, Horcón, El Baño, Las Mujeres No Se Van Al Cielo, Secuestro.

Larga lista, ¿no? Espero no haberme quedado corto. A simple vista pareciera que este ha sido un buen año para el cine chileno. Se han estrenado 15 películas en el 2005, lo que parece todo un récord para nuestra incipiente industria cinematográfica.

Sin embargo, hay que ser honestos: hemos atravesado por uno de los bajones más profundos de nuestra historia. Cuando las expectativas son demasiados altas, el porrazo puede ser muy doloroso.

Ninguno de los títulos anteriores logró los niveles audiencia que El Chacotero Sentimental o Sexo con Amor -que me perdone Raúl Ruiz por medir su obra en términos cuantitativos de audiencia-. Lo que nos coloca en un lugar muy difícil como “industria”, ya que nuestro producto no se vende y eso merma las posibilidades de financiamiento para futuros proyectos cinematográficos.

Además, no podemos hablar de una identidad propia en el cine que se produce en Chile. Aunque Cahiers du Cinema se llene la boca hablando del “Nuevo Cine Chileno”. Cada uno de los títulos anteriores apunta muy distinto y, por más que tratemos, no podemos reunir las partes como si se tratara de un todo.

Y no estoy diciendo que no haya potencial. Por el contrario, es precisamente el desperdicio de las capacidades artísticas de nuestros directores lo que molesta.

Todavía estamos trabajando en tercera división, vemos el tema del cine como un club deportivo sin fines de lucro, que debe ser manejado por dadivosos directivos. Y no lo miramos como una empresa que debe apostar por las utilidades con el fin de poder seguir existiendo.

¿Qué nuestro mercado es pequeño? Mentira ¿Qué al mercado no le interesa financiar el arte? Mentira. Se trata de esfuerzo, sacrificio, colocar el interés común por sobre los honores individuales.
En fin, debemos comenzar a trabajar como industria. Porque el todo es más que cada una de sus partes.