No puedo negar que me sentí sorprendido, si hubiese apostado en la 78° Ceremonia de entrega de los Premios de la Academia de Hollywood, habría perdido mucho dinero en la categoría de Mejor Película. Es que sinceramente pensé que no había forma de que Brokeback Mountain perdiera el Oscar, aunque a veces esta premiación trae sus sorpresas.
Y no quiero decir que el filme de Ang Lee fuese el mejor del año pasado, sino que es el que más respetó las “normas para obtener la codiciada estatuilla dorada”: ser un dramón; respetar un género clásico; ser realizada por un director bendecido por la Academia; buena fotografía; apoteósica e insustancial; actores preparados para recibir premios y que le encantan a las púberes; partitura musical ideada para obtener reconocimientos y vender discos; y por sobre todo poner en el tapete un tema “polémico” -aunque la verdad, hoy la temática gay es lo que está IN y es lo que más vende dentro del mainstream-, siempre respetando los márgenes de lo “políticamente correcto”.
En este punto del tema, debo hacer necesariamente una aclaración. Por primera vez, en muchos años no tengo ganas de ver ninguna de las películas nominadas en la categoría máxima. Las cinco me excitan menos que una canción de Ricardo Arjona.
Aunque se defienda la tesis de que este año la Academia sólo se centró en películas independientes y provocadoras. Porque digan lo que digan, no se puede hablar de Cine Independiente cuando se está al margen de la maquinaria de Hollywood. Menos todavía se puede decir que hay irreverencia, cuando lo que está en juego no es el arte, sino vender butacas en las salas de cine.
Good Night and Good Luck era mi favorita, simplemente porque es la única que se atreve a hablar temas realmente candentes: como los medios de comunicación manejan la información de acuerdo al Gobierno de turno y al cliente con más dinero. Además, venía respaldada por uno de los niños favoritos de Estados Unidos: George Clooney -como cuando Mel Gibson hizo La Pasión de Cristo para darle una bofetada en la cara a todos los judíos que hoy manejan la industria cinematográfica-.
Clooney tuvo los cojones de decir de manera sofisticada que estamos bajo la “dictadura de los políticamente correcto”. Obviamente no iba a ganar ningún premio. A lo mejor si hubiese puesto algo de plata en que Good Night and Good Luck no ganaba nada, yo hubiese ganado en las apuestas.
Por lo mismo, este año “paso” con respecto a los Oscar. Más todavía cuando tuve que ver como un sobreactuado Philip Seymour Hoffman ganaba el premio a mejor actor, por imitar al sobrevalorado y amanerado Truman Capote -a quien aprendí a odiar en la Universidad por culpa de mis colegas enamorados de su obra e inspirados en su estilo-. Porque yo antes respetaba a este actor y creo que ha hecho cosas mucho mejores.
Y no quiero decir que el filme de Ang Lee fuese el mejor del año pasado, sino que es el que más respetó las “normas para obtener la codiciada estatuilla dorada”: ser un dramón; respetar un género clásico; ser realizada por un director bendecido por la Academia; buena fotografía; apoteósica e insustancial; actores preparados para recibir premios y que le encantan a las púberes; partitura musical ideada para obtener reconocimientos y vender discos; y por sobre todo poner en el tapete un tema “polémico” -aunque la verdad, hoy la temática gay es lo que está IN y es lo que más vende dentro del mainstream-, siempre respetando los márgenes de lo “políticamente correcto”.
En este punto del tema, debo hacer necesariamente una aclaración. Por primera vez, en muchos años no tengo ganas de ver ninguna de las películas nominadas en la categoría máxima. Las cinco me excitan menos que una canción de Ricardo Arjona.
Aunque se defienda la tesis de que este año la Academia sólo se centró en películas independientes y provocadoras. Porque digan lo que digan, no se puede hablar de Cine Independiente cuando se está al margen de la maquinaria de Hollywood. Menos todavía se puede decir que hay irreverencia, cuando lo que está en juego no es el arte, sino vender butacas en las salas de cine.
Good Night and Good Luck era mi favorita, simplemente porque es la única que se atreve a hablar temas realmente candentes: como los medios de comunicación manejan la información de acuerdo al Gobierno de turno y al cliente con más dinero. Además, venía respaldada por uno de los niños favoritos de Estados Unidos: George Clooney -como cuando Mel Gibson hizo La Pasión de Cristo para darle una bofetada en la cara a todos los judíos que hoy manejan la industria cinematográfica-.
Clooney tuvo los cojones de decir de manera sofisticada que estamos bajo la “dictadura de los políticamente correcto”. Obviamente no iba a ganar ningún premio. A lo mejor si hubiese puesto algo de plata en que Good Night and Good Luck no ganaba nada, yo hubiese ganado en las apuestas.
Por lo mismo, este año “paso” con respecto a los Oscar. Más todavía cuando tuve que ver como un sobreactuado Philip Seymour Hoffman ganaba el premio a mejor actor, por imitar al sobrevalorado y amanerado Truman Capote -a quien aprendí a odiar en la Universidad por culpa de mis colegas enamorados de su obra e inspirados en su estilo-. Porque yo antes respetaba a este actor y creo que ha hecho cosas mucho mejores.
Bueno a lo mejor, para lo que sirve esta entrega de los Oscar es para que, por fin, pueda volver a estrenarse en Chile, una película de David Cronenberg: A History of Violence.
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